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EL RETO DE UNA RELACIÓN DE PAREJA

PABLO PALMERO SALINAS

14/09/2018

El actual nivel de dificultad para encontrar estabilidad y bienestar en las relaciones de pareja, conforma una clara referencia del fracaso social sobre el cultivo y el cuidado de las relaciones humanas. Existe una incapacidad latente para construir vínculos afectivos profundos, fuertes y estables.
 
La incapacidad para abordar abiertamente este tema determina que nunca se lleguen a establecer unos compromisos claros, compartidos y que realmente se puedan asumir. Con el miedo y el rencor de fondo, las dificultades en el contacto íntimo y en la expresión reverberant en todas las áreas de la convivencia en pareja. La sexualidad, por supuesto, también es una de estas dificultades. Cuando el miedo es muy elevado y empieza a sobrevolar "el fantasma del abandono", aparecen potentes mecanismos inconscientes para proteger la propia integridad emocional. La "negación" del otro y el maltrato psíquico e incluso el físico son propios de estos estados emocionales. Las expectativas inconscientes toman las riendas de la situación. Imaginamos quién es el otro, pero no lo sentimos; esperamos que haga, diga, que siente, pero no podemos "verlo" tal como es.

Para solucionar los problemas de pareja, las "recetas psicológicas", los recursos estratégicos y comunicativos, así como las intenciones de cambio y las buenas voluntades, aunque necesarias, son insuficientes. Para afrontar las dificultades de convivencia ancladas en los conflictos y las carencias emocionales profundas, también es necesario que cada cual inicie un proceso personal; debe ponerse bajo el influjo de unas condiciones terapéuticas que ayuden a limpiar conscientemente la propia herencia relacional, a conectar con las carencias, límites y necesidades personales y a sentir el impulso vital que nos invita a abrirnos y a darnos realmente al otro. Sólo así tendremos la garantía de construir unas relaciones sólidas en las cuales la claridad y la responsabilidad estén presentes.

Aunque este proceso parezca difícil, el reto vale la pena, porqué es a través de las relaciones que podemos manifestar el amor que todos llevamos dentro. En el fondo todos, tanto hombres como mujeres, buscamos a alguien a quién darnos, amar de la manera más incondicional posible, cuidar, encontrar satisfacción en la sexualidad, compartir la alegría, el dolor. Que la presencia del otro nos proporcione tranquilidad, fuerza, seguridad e impulso renovado para seguir adelante, complicidad, ternura, comprensión para conocernos más, vivir la otra persona
como si fuera un mundo desconocido, para descubrirlo de nuevo cada día, en cada experiencia, ayudarnos a sacar lo mejor de nosotros mismos, a superar los propios límites, construir juntos, escuchar, respetar, apoyar, inviter a mostrarse, recordarnos que somos importantes y especiales, amarnos por lo que somos y no por lo que hacemos, decimos o pensamos, apreciar la verdad, la autenticidad, encontrar un sentido más profundo del compromiso, del placer y de la libertad abriéndonos a la vida desde una relación sentida.
   

La creencia generalizada relaciona el hecho de encontrar a alguien con quien compartir la vida con el fin del sufrimiento del pasado y el inicio de una nueva etapa de la vida. Una especie de milagro, el maná que colmará toda la sed y el hambre. Pero cuando la fuerza del enamoramiento y el deseo sexual empiezan a perder impulso, se pone de manifiesto que las expectativas y las ilusiones no son suficientes para mantener la unión. Las carencias afectivas y el sufrimiento persisten, llegan
las crisis y, a menudo… la ruptura.

¿Por qué algo que empieza bien acaba tan mal? ¿Cómo es posible que vuelvan a repetirse una y otra vez las mismas situaciones, quebraderos de cabeza y fracasos? ¿Por qué pasamos con tanta facilidad del amor al odio, de la ilusión a la decepción y del deseo al miedo? La sociedad incita a creer que el problema de este mal funcionamiento es, simplemente: el otro. Han conseguido vendernos la relación de pareja como otro cualquier objeto de consumo, una especie de placer enlatado que nosotros compramos. Parece ser que no nos damos cuenta que este espejismo en la búsqueda de la relación
ideal está condenada al fracaso.


Para comprender esta repetición del drama necesitamos una visión menos mediática; quizás una explicación más incómoda y dolorosa, pero profunda y cercana a nuestra naturaleza relacional. En el ser humano, la influencia de las relaciones anteriores es enorme, más concretamente aquellas que tuvimos con nuestros padres, otros familiars y personas más cercanas durante los primeros años de vida. A partir de los patrones establecidos con ellos, las carencias permanecen manifiestas o en estado larvario a lo largo de nuestra vida. Cuando intentamos forjar una nueva relación de intimidad y compromiso, todo aquello vuelve a salir a la luz irremediablemente. Esto dificulta la posibilidad que nuestras relaciones lleguen a la madurez.

Los factores que pueden llevar al conflicto y el desencuentro en la convivencia son innumerables. La "exigencia" hacia el otro, fundamentada en la necesidad insatisfecha de sentir un amor incondicional, nos hace caer en una especie de pedido irrealizable. Creemos que el otro debería ver o adivinar mis deseos y satisfacerlos sin que yo tenga que comunicarlos. El "sentido del compromiso" se vive como un recorte a la libertad